
Existen momentos, apenas instantes, en los que sientes que todas la piezas de ese caos misterioso que es el universo encajan. Destellos de tiempo irrepetibles, en los que los engranajes del reloj de la vida te ponen en sintonía con tu propio cosmos interior. Y es precisamente en ese instante en el que sientes que tienes alma y que se escapa por cada poro de tu piel sin que puedas hacer nada por evitarlo, en el que sientes simplemente que eres feliz. Sin más. Perfectamente feliz. Todas las preguntas tienen respuestas, o más bien, ninguna pregunta tiene ya importancia. Todo cobra sentido. O ya nada importa. Pero al tiempo que esa perfección del instante se presenta ante ti, en un beso, en una caricia, en compartir una botella de Habla, una canción de Zenet, en el sonido de una fuente murmulleante en una cegadora mañana de agosto, en un paseo con el alma enredada, es inevitable sentir la angustia de lo perdido antes siquiera de haber desenredado el alma. Y es entonces cuando desearías poder parar el tiempo. Que todo se detuviera. Sientes que quieres vivir siempre en ese instante, atraparlo, encadenarlo al corazón. Pero el momento se desvanece, se escapa entre los dedos como la arena de la playa, y es entonces, justo entonces, cuando ese instante queda para siempre impregnando nuestra nostalgia y nuestra vida es ya sólo el resto de los grises días que le siguen.
7 comentarios:
"Pero al tiempo que esa perfección del instante se presenta ante ti, en un beso, en una caricia, en compartir una botella de Habla, una canción de Zenet, en el sonido de una fuente murmulleante en una cegadora mañana de agosto, en un paseo con el alma enredada, {es inevitable sentir la angustia de lo perdido antes siquiera de haber desenredado el alma}" La última parte {} no la entiendo con respecto a como se construye lo anterior
Es muy sencillo, habla de una huída.
Efectivamente anónimo es sencillo, pero no es una huida, es un abandono. Alguien te pide que abras un camino, un camino que nunca pensaste andar, por el que jamás antes te habías atrevido a caminar. Te pide que la acompañes en ese camino, que lo andes juntos, te da su mano porque tienes miedo, pero confías, y das pasitos cortos, temerosos, posiblemente lentos, como los de un niño que está empezando a andar, quizá de cada dos pasos uno es hacia atrás, pero la dirección es la correcta. Sigues porque esa mano que te agarra te da confianza y sigues confiado dando pasos, pequeños, temerosos. Pero esa persona que te pidió que andaras ese camino, esa mano a la que te agarras se desespera. Te pidió que andaras ese camino junto a ella, pero ya tus pasitos cortos, temerosos que diste agarrado a esa mano no le parecen suficiente y entonces, cuando apenas estas aprendiendo a andar, te pide que corras, y en la mitad del camino, la mano te suelta, sientes como los dedos finos en los que confiaste te dejan, notas como te sueltan y ahora quedas en la mitad de la nada, sin saber volver atrás, sin poder seguir solo adelante. No es una huida, es un abandono. Entregas las llaves de todas tus puertas, algunas que llevaban toda una vida cerradas, que ni siquiera recuerdas que había detrás, y cuando has desnudado tu alma, entonces la mano te suelta. No es una huida, es un abandono.
Disculpa Gustavo, por el texto que publicaste parece que es algo que dejas porque no tienes más remedio. Algo que tienes que dejar atrás. Lo del abandono no se intuye por más que lo leo. Imagino que hablas de algo más que no podemos saber quienes no te conocemos.
Espero que estés bien y esa sensación de abandono no dure demasiado.
Es curioso que alguien en quien se concentra tanta felicidad sea la misma persona que te abandona. Contradictorio.
Suerte en tu nuevo cargo. Enhorabuena.
Tania
Si buscaramos en nuestro interior, la felicidad sería ...eterna.
Publicar un comentario en la entrada