La socialdemocracia europea está en una profunda crisis. Posiblemente la más grave desde la Segunda Guerra Mundial. Ese pacto entre clase obrera y capital que se engendró en la Europa occidental como mejor forma de frenar el avance comunista en los años de la guerra fría, y que dio lugar al estado del bienestar, parece que ya no sirva. Es muy posible que lleve al menos dos décadas sin un modelo económico y social alternativo claro, pero ha sido esta crisis del modelo capitalista la que paradójicamente la ha puesto contra las cuerdas dos décadas después. La paradoja existe desde que en el momento en el que más vulnerables y más indefensas están las clases medias y los trabajadores europeos en décadas, es decir, cuando más necesario y útil resultaría un partido político que sirva de freno a los excesos del mercado, más débil se encuentra el proyecto político socialdemócrata. Posiblemente el acomodamiento en un discurso cada vez más hueco pero que servía para ganar elecciones, y un posicionamiento político cada vez más estético que ideológico, tienen parte de la explicación. Cada vez resulta más difícil para un ciudadano medio diferenciar el discurso socialdemócrata de otros discursos políticos supuestamente más conservadores. Agarrados al mástil de la defensa de la educación y la sanidad pública, el socialismo europeo y español naufraga en medio de la tempestad financiera que impone recortes sociales a las clases más desfavorecidas. A ello debe añadírsele la falta de una evolución del programa socialdemócrata europeo, la falta de un programa político común y la jubilación política de sus grandes líderes: Helmunt Kolt o Felipe González, con un concepto de la construcción europea muy distinto al eje conservador Merkel – Sarkozy.
Sin capacidad de reacción ante el avance imparable del modelo de producción y de la especulación de los mercados como base de un sistema económico desregularizado que ahora pone contra las cuerdas a los propios Estados. Sin capacidad de adaptación a la globalización económica. Los gobiernos socialdemócratas europeos han cedido ante esa presión dando concesiones en forma de derechos de los trabajadores y de las clases medias, contribuyendo a desguazar el estado del bienestar que ellos mismos construyeron y ésto les ha alejado de sus bases, de sus electores. ¿Qué sentido tiene un proyecto político cuya razón de ser ya no es operativa?¿Un partido político cuyo ADN es la defensa de los más vulnerables frente a los excesos del mercado, es decir, de los que ceden su fuerza de trabajo a cambio de un salario, que ya no es capaz de limitar ese avance? Simplemente deja de ser visto por sus votantes y sus bases como una herramienta eficaz para defender sus derechos y para protegerle de las inclemencias del libremercado.
Lo siguiente, la deserción electoral. Los socialdemócratas europeos como consecuencia de la inexistencia de un modelo propio socioeconómico alternativo claro han tenido que aceptar ser el brazo ejecutor de políticas de recortes sociales en plena crisis. Un disparo en las sienes de sus votantes y de sus bases. Décadas de ceder a políticas neoliberales para mantener cotas de bienestar han terminado por acorralar a los socialistas europeos, incapaces de dar una respuesta desde la izquierda a la crisis. Presas y rehenes de poderes y autoridades económicas que le han impuesto sus políticas sociales y económicas. La debilidad de proyecto como explicación y la ausencia de una organización cohesionada y fuerte de ámbito europeo que dé respuestas globales a una situación global.
Los socialdemócratas europeos, incluidos los españoles, hemos exprimido la capacidad de sufrimiento y la lealtad de nuestro electorado más allá de lo razonable y estos se han hartado y han optado por la abstención o proyectos políticos alternativos. Desde la izquierda más radical a proyectos con etiquetas ecológicas a la búsqueda de una protección que no encontraban en el proyecto socialista.
Lo que ha sucedido al PSOE el 20N no es ajeno a ésto. El PP, con menos votos que los socialistas en 2008, logra una mayoría absoluta aplastante gracias a la deserción electoral en las filas socialistas. Buscar la explicación exclusivamente en el desgaste por la crisis económica y en una mala política de comunicación es un error. Porque no explica la profundidad de lo sucedido. Al PSOE le ha bastado en los últimos años definirse no en positivo, sino en negativo, por contraposición a un PP que representa una derecha muy arcaica, poco moderna y reaccionaria. Al PSOE le ha llegado con su lucha decidida por la ampliación de los derechos civiles y por mantener el estado del bienestar que construyó en los años 80 bajo los gobiernos de Felipe González. Pero en la actual situación con eso no basta, ya no es suficiente, y sus electores y sus bases reclaman más un proyecto político situado en la izquierda. Le reclaman que se defina en positivo y que defina un proyecto que frene los desmanes de los mercados, el recorte de los derechos de los trabajadores y de las prestaciones sociales mientras los responsables de la crisis financiera le dictan las políticas a los gobiernos de todo el continente.
Pero ésto no puede hacerlo en solitario el PSOE o el SPD o los socialistas franceses, porque el terreno de juego se ha agrandado, y ahora el partido se juega en una cancha más grande. Las grandes decisiones que afectan a la situación social de los europeos se toman a un nivel supranacional, y no me refiero a las instituciones de la Unión Europea que se han visto ineficaces, mastodónticas e inútiles en esta crisis. Se toman desde fuera de la política y su control y regularización precisa una respuesta desde el socialismo europeo dotado de una organización política transnacional fuerte y cohesionada. Con un proyecto bien definido y políticas sociales y económicas comunes. Si no es así, el juego seguirá siendo controlado por los mercados que no entienden de fronteras y que se comportan del mismo modo en todo el planeta. Por ello, es un error creer que la socialdemocracia europea se recuperará desde discursos y proyectos locales. Eso es perder el tiempo y el esfuerzo. ¿Qué sentido o eficacia puede tener que los socialistas italianos o los españoles o los daneses emprendan proyectos políticos propios sin una estrategia común? Los tiempos han cambiado, el capital se mueve libremente por el globo a golpe de click en un tablet o en un smartphone. Mientras, el movimiento socialdemócrata europeo se mira el ombligo patrio con fórmulas de la era analógica. Es necesario inventar la socialdemocracia europea 2.0.
En toda la crisis financiera y económica que ha azotado Europa en los últimos cinco o seis años y que ha golpeado con fuerza a países del sur con gobiernos socialistas, ¿cuántas veces se reunieron o diseñaron una estrategia común los presidentes de Portugal, España o Grecia para defender sus proyectos socialistas para sus respectivos países? ¿Alguien recuerda una reunión destacable de líderes socialistas europeos para diseñar juntos políticas comunes en sus respectivos Estados y una estrategia común en Europa?Mientras las grandes corporaciones diseñan sus estrategias mundiales sabedoras de que el mercado es global y único, que no hay fronteras, los socialistas europeos de los distintos Estados aún creen que se pueden salvar solos. O al menos esa es la sensación que transmiten.
Todo ésto no es nada novedoso. Está todo en el origen de los partidos socialistas. Los padres y madres fundadores lo tenían muy claro hace más de cien años. Antes de que se conociera Internet, las empresas de raiting o las primas de riesgo. Solamente internacionalizando el movimiento socialista éste podrá triunfar y servir de freno a los excesos del mercado. Deberíamos escuchar la letra de esa vieja canción con la que los socialistas cerramos nuestros congresos. Las teorías de la izquierda más tradicional sobre la necesidad de internacionalizar la defensa de los derechos y garantías de los trabajadores hoy es más vigente que nunca. Con un capitalismo de casino que campa a sus anchas en el tablero global. Es en la vuelta a ese principio elemental de las ideas socialistas en el que encontraremos el camino hacia el futuro.
Por ello, ante la inminencia del Congreso de los socialistas españoles, del debate interno que comienza a abrirse, debemos reflexionar sobre la necesidad de la construcción de un proyecto socialista común en Europa, incluso, de un Partido Socialista Europeo, no como una suma de partidos nacionales, sino como un auténtico y único proyecto político socialdemócrata para el viejo continente. Posiblemente ahí esté más la solución a la situación del PSOE y de todos los proyectos socialistas del continente.